Quería salir, evadirme de una habitación oscura. Miraba una pared desnuda, sin color. Sin luz, para que no entrase la sombra. Se mantuvo larga y afilada durante muchos años, no queriéndome dejar marchar. Al fin parece que ese reflejo dejó de atosigarme, de ahogarme. Ahora disfruto cayéndome, heridas, cicatrices nuevas con las que aprender a llegar a un punto. Ya no pierdo el aliento, ese hambre de querer más. No bajarme en la estación de las lamentaciones, de los pensamientos estériles. La anestesia que supone la rutina, la asfixia del aire viciado que recorre nuestras calles. Un continuo flujo de desesperación económica, unos párpados que prefieren estar cerrados. Para no ver, no llorar en un mundo corrompido, destrozado. Las hojas del otoño caen de los árboles, el mar desangrado por las redes de los pescadores. Ya no quiero mirar.

Diciembre está muy bien. No cierres muchos los ojos en una habitación oscura. Hay mucho que ver. Y tú tienes la ventaja de verlo en bici. Muy bueno.
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