A cada paso que dábamos se abría un nuevo paisaje, lo contemplábamos un rato. No importaba la hora, el día y el mes solo existía la calidez de ese instante. Nos acomodábamos bajo el refugio de nuestras miradas, no hacía falta que las palabras rompiesen ese dulce silencio. Me encantaba escuchar como tus dedos rozaban con suavidad el tejano desgastado que llevabas, era como una mano invisible dándole calor a mí corazón. Ya lo había asumido, no intentaría buscarte más. Me ahogaba ante la idea de no encontrarte pero ya me había dado cuenta de que primero debía cambiar yo. No sabía exactamente de que trataba ese cambio pero algo se abría y me sentía mucho mejor con esta nueva brisa.

Nada importaba, solo nosotros
ResponderEliminarera como una mano invisible dándole calor a mí corazón.
ResponderEliminarbuenisimo
Saludos!
Exacto Alba solo nosotros.
ResponderEliminar¡Saludos!
Gracias David de vez en cuando la inspiración aparece por mi mente.
¡Saludos!